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viernes 17 de octubre de 2008

Pausa

Tras año y medio prácticamente ininterrumpido y 300 entradas, me voy a descansar un poco y a hacer algunas otras cosas que tengo pendientes. Cúidenme el blog con mimo.


Editado el 4-11-2008

Todo lo bueno se acaba pronto.

martes 14 de octubre de 2008

Ciudades para un futuro más sostenible

Ha aparecido el número 37 del boletín CF+S Ciudades para un futuro más sostenible, que publica la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de la Universidad Politécnica de Madrid.

En este número se trata acertadamente, y así se titula, la dichosa Fe en el progreso, y aparecen numerosos artículos de conocidos de este blog, como Coderch, Prieto o Bermúdez.

Incluye la traducción que hice en su día de La nueva sociedad de la Tierra plana, de Albert A. Bartlett, aunque esta vez conveniente y amablemente revisada por terceros.

Y en los diferentes apartados de la sección En la red aparecen varias referencias a este blog y los trabajos aquí presentados, como la traducción al castellano de Lecciones postsoviéticas para un siglo postamericano de Orlov, el artículo 22 hechos constatados sobre tecnología nuclear, o una mención especial al artículo Propuestas energéticas para Menorca I. Lo agradezco.

No es un problema de liquidez

Por Juan Jesús Bermúdez

Estamos ante un problema de límites, no de liquidez, como explica Herman Daly, profesor de la Universidad de Maryland (EE.UU.), uno de los padres de la economía ecológica moderna, y autor de lo que se propone como "economía en estado estacionario", en contraposición a la economía de crecimiento exponencial.

Citando a Daly, "la actual debacle financiera no es una crisis de "liquidez", como se la suele llamar eufemísticamente. Es una crisis de "supercrecimiento" de los activos financieros en relación con el crecimiento real de la riqueza (algo justamente lo contrario a la existencia de poca liquidez). Los activos financieros se han multiplicado mucho más que la economía real (el intercambio entre "papeles" financieros es hoy 20 veces mayor que los intercambios de papel moneda por productos reales). No es una sorpresa, entonces, que el valor relativo de la enorme cantidad de activos financieros esté cayendo en término de valoración de activos reales".

La corrección, pues, según el economista, es inevitable. Nos trae el norteamericano al Nobel de Química y uno de los padres de la economía más apegada a los recursos naturales (en contraposición con la economía convencional), Frederic Soddy, que recordaba que "no se puede mantener de forma permanente una convención humana absurda, como el incremento espontáneo de la deuda (interés compuesto), encontra de la Ley natural del decrecimiento espontáneo de la riqueza (entropía)". Ese ajuste, por otra parte, es de una dimensión creciente en el tiempo, si se pretende seguir valorando los activos financieros no por la riqueza constatable, sino por un futurible de crecimiento económico (acelerado, como son todos los crecimientos de un tanto por ciento anual).

El perverso sistema de reserva fraccional de los bancos, por el que crean dinero de la nada, con la fe puesta en su devolución posterior con intereses, unido a la completa desrregulación de los movimientos de capital a nivel mundial - unida a la globalización comercial, de forma casi inevitable, se encuentra aquélla- ha generado un crecimiento espectacular del cuasi dinero, que amenaza con evaporarse, con mayor rapidez aún que aquélla con la que se creó, al no ser capaz la riqueza real de servir permanentemente de imagen de cada vez más anotaciones contables.

Como el dinero es hoy básicamente deuda, las inyecciones y rescates son más deuda que los Gobiernos esperan sea devuelta con más crecimiento, para pagar sus intereses. Esa máquina fiduciaria y su enorme desconexión de la realidad se ha topado con límites claros en los últimos años. La incorporación reciente de cientos de millones de nuevos consumidores ha acelerado el colapso inmobiliario, último refugio de la burbuja ficticia de dinero. El estancamiento evidente de la producción de petróleo y la falta de alternativas reales e inmediatas ante el anunciado ajuste entre demanda y oferta, están advirtiéndonos que es muy probable que la deuda no sea devuelta.

Este entuerto no se resuelve reforzando la maquinaria para que mantenga el crecimiento de la producción, porque este futil intento agudizaría las tensiones entre economía real y financiera, en última instancia. Pero es que, además, las inercias son de tamaña factura (hemos pasado por algunos de los años de mayor aceleración del crecimiento económico), que aliviar siquiera algunos de los peores efectos de este ajuste a la realidad, será una ímproba tarea, tanto más imposible cuanto se quiera mantener la dinámica que nos trajo a esta profunda crisis. En todo caso, tarea que debería estar presidida por valores de decrecimiento, austeridad, reparto de la riqueza y solidaridad intergeneracional e interterritorial, alejando la economía del consumismo que está agotando rápidamente nuestros recursos naturales básicos.

viernes 10 de octubre de 2008

Crecimiento de plataformas

En septiembre de 1999, tras casi siglo y medio de evolución en las técnicas de extracción de petróleo, se estimaban en todo el planeta 1.974 plataformas petrolíferas repartidas por los mares. Tras tres años, la cifra era 2.329; tras otros tres años, 3.700; y tras otros tres, en septiembre de 2008, se cifran en 4.977. Se está haciendo un esfuerzo titánico tratando de contrarrestar el cénit, que de todas maneras saldrá ganando tarde o temprano.

Tres quintas partes de las plataformas petrolíferas que hay en el mar ahora mismo, se han instalado en el último lustro mientras los consumidores veían subir el precio del petróleo en las bolsas, mientras los consumidores iban aceptando sin rechistar las decisiones de sus gobiernos de comprar petróleo a 100 dólares el barril. Si luego no es posible trasladar los costes a una economía en recesión y con un mercado bursátil bajista, nada garantiza que no vayan también a quebrar compañías petrolíferas importantes, como están quebrando compañías grandes de otros sectores.

martes 7 de octubre de 2008

Conferencias en Canarias

Los días 7 y 8 de noviembre de 2008 se celebrará en el Salón de grados del Aulario de Guajara de la Universidad de La Laguna, en Tenerife, la V Conferencia «Educar en Canarias ante la crisis energética», en la que participarán Fernando Ballenilla, Profesor de didáctica de las ciencias experimentales de la Universidad de Alicante, Ernest García, Catedrático de sociología de la Universidad de Valencia y autor de Medio ambiente y sociedad: la civilización industrial y los límites del planeta, y un servidor, Gabriel Tobar. Las jornadas están organizadas por CALCE, Canarias Ante La Crisis Energética, y colaboran el Centro de estudios ecosociales de la Universidad de La Laguna CEES, AEONIUM y el Área de medio ambiente del Cabildo Insular de Tenerife.

Importantes geólogos advierten que el Mundo podría estar alcanzando los límites de extracción de petróleo en estos años, para entrar en un declive posterior, por lo que las sociedades que consumen este recurso fósil, tan importante en sociedades como la canaria, deberán adaptarse a un crudo probablemente más caro y escaso.

¿Cuáles son las relaciones entre economía y petróleo caro? ¿Cómo explicar a la sociedad la situación energética global? ¿Qué modelo económico y social surgirá de esta nueva era energética? Son algunas de las preguntas que esta V Conferencia de Canarias ante la crisis energética intentará abordar, con la participación de varios expertos de la divulgación pública de esta cuestión clave en nuestro actual modo de vida.

Información e inscripciones en la web de CALCE.

La asíntota turística

Publicado en esdiari.com el 24-10-2007 y en Última Hora Menorca en versión revisada y reducida el 7-10-2008

Primera edición 24-7-2007
Revisado el 5-10-2008


El turismo en Menorca ha pasado por unas ciertas fases: nació, en cierto momento tomó masa crítica y tuvo su auge imparable pero acabó ralentizando su crecimiento para aparentemente acabar estancándose. Una ejemplar asíntota que sería de aplicación a casi cualquier zona turística a la que nos refiriéramos, ya fuera Baleares, Canarias o España entera.

En la prensa algunos alzan su voz. Que si faltan inversiones, que si falta estrategia, que si falta visión, que si el márketing, que si no se qué. Siempre falta algo. Campos de golf, mejores carreteras, más grandes instalaciones portuarias y aeroportuarias, mejores urbanizaciones, mejores servicios, más trabajadores especializados, más calidad, más cantidad…

Porque se supone que faltan carreteras para desatascar las actuales, de la cantidad de turistas que hay, la de mercancías que hay que mover para abastecerlos y la de servicios que hay que ofrecer. Pero a la vez faltan turistas. ¿Cómo puede ser?

¿Por qué unas estadísticas nos alarman diciendo que el turismo baja, pero al día siguiente otro titular nos reconforta diciendo que han subido las entradas y los vuelos, o los precios y las pernoctaciones? Según INESTUR en 2006 hubo un 1,1% menos de entradas de turistas británicos y un 1,7% menos de alemanes. En total un 2,2% más de llegadas de turistas gracias a los turistas nacionales. Este año 2008, nos informan últimamente, unas procedencias bajan, otras suben, en total hay un leve crecimiento de entradas. ¿Se puede concluir entonces que el turismo crece en Menorca? Bueno, dependiendo de qué entendamos por crecer. De ahí las protestas de los que dicen que el turismo no va bien, pues tienen en parte razón.

Ocurre que las entradas son las llegadas, pero no nos dicen cuánto tiempo se han quedado los turistas que han entrado. Si aumentan al doble las entradas pero se reduce a la mitad la media de días de estancia, las pernoctaciones son las mismas. ¿Para la economía menorquina resultará igual de saludable? No. Cuantas más veces tengamos que transportar a un turista para conseguir la misma cantidad de días de estancia, más infraestructuras y consumo de energía, tiempo y recursos requeriremos. Para poder «crecer» —aumentar los beneficios— deben aumentar las pernoctaciones (imaginemos una tasa x2) sin decrecer la media de pernoctaciones por cada entrada de turista.

Y para aumentar los beneficios en caso de caída de la media de tiempo de estancia por llegada, se deberían aumentar las pernoctaciones totales en doble medida (siguiendo el ejemplo anterior, tendríamos una tasa x4) ¿Y el sector turístico ganaría más dinero si lograra aumentar las pernoctaciones totales en doble medida? No, tampoco, por varios motivos.

Por un lado debemos modernizarnos continuamente, ofrecer cada año mayor calidad que el anterior, por la competición en la que participamos contra otros destinos turísticos y que no deseamos perder. Ello no reporta ningún beneficio, simplemente se hace para mantenerse en el mercado. Pero esas inversiones tienen que recuperarse y solamente puede acudirse a dos métodos: lógicamente, o se suben precios, o con los mismos precios se aumentan las ventas. Ya estábamos tratando de aumentar doblemente las pernoctaciones totales (x4) para hacer frente a la caída de la estancia media que nos obligaba a aumentar las infraestructuras y medios de transporte, y ahora tenemos que aumentar aún más esas pernoctaciones si deseamos ganar algún dinero sin tocar los precios (x8). Recordemos que no podemos aumentar los precios para ser igual de atractivos.

No solamente eso, sino que siempre hay mercados receptores emergentes con nuevos precios relativamente más bajos. Es posible que debamos recortar precios incluso, para seguir accediendo a los mercados emisores. Si recortamos precios (aun subiéndolos por debajo de la inflación) el aumento de pernoctaciones con el que pretendíamos rentabilizar las inversiones en calidad —que habíamos añadido al doblemente aumentado dato de pernoctaciones deseado, que a su vez solventaría la inversión en mayores infraestructuras— debería ser nuevamente doble (x16). Pero nosotros no podemos recortar precios. Tenemos inflación como todo hijo de vecino. Necesitamos subir los precios, no bajarlos

Si aumentamos los precios, necesitamos invertir doblemente en calidad (x32), so pena de que los turistas dejen de decidirse por nuestro destino. Más inversiones en calidad para un turismo que permanece cada vez menos días en la isla para lo que necesitamos cada vez más inversiones y multiplicar siempre más el número de pernoctaciones para poder satisfacer unos beneficios que no crecen correspondientemente, pero que obligan a cada vez más infraestructuras, que a su vez nos obligan a mantener un ritmo creciente ad perpetum. Una tarea imposible, por la finitud de nuestro entorno.

De hecho, gran parte de la calidad que ofrece Menorca depende de la salud de sus paisajes, pero como aumentar calidad a base de aumentar infraestructuras va en detrimento de los valores paisajísticos de nuestro pequeño y finito entorno, la calidad de las infraestructuras tiene que aumentar doblemente (x64) para satisfacer la pérdida de calidad en paisaje. Encima, cuanto mejor lo hacemos, más ricos nos volvemos, más inflación tenemos, más nivel de vida, por lo que nuestros servicios se vuelven más caros y tenemos que aumentar la calidad para mantener la demanda (x128).

Menorca es, respecto al turismo, una banda de Moebius, un gran pez mordiéndose su propia cola: cuanto más tardemos en darnos cuenta, menos esqueleto quedará.

En economía se estudia la Ley de Rendimientos Decrecientes. Si el propietario de un restaurante añade trabajadores a la cocina, la producción aumentará, pero menos por cada uno que añada. Si una cadena de producción integra 1 trabajador cuando tiene 3, el beneficio marginal extra del cuarto trabajador es mayor que al añadir un decimoséptimo empleado. Al final el renidmiento puede llegar incluso a disminuir, no ya en términos relativos sino absolutos: el decimoséptimo trabajador rinde menos que cuando eran 3 y entró un cuarto (rendimiento por cada trabajador añadido), pero además 17 trabajadores rinden menos en total que 16 porque en la misma cocina del restaurante llegan a estorbarse (rendimiento absoluto). Eso se da siempre, en cualquier actividad cotidiana, ceteris paribus, es decir si no se cambian más variables. Para que eso no se de, debemos cambiar otras variables, que es a lo que nos vemos obligados constantemente en Menorca: tenemos que aumentar las infraestructuras una y otra vez por los siglos de los siglos.

Pero el aumento de infraestructuras tiene su límite también, porque la misma Ley de Rendimientos Marginales no Proporcionales (otro nombre para lo mismo) nos advierte de que, dado que Menorca tiene una extensión limitada y unos recursos turísticos (playas, montes, vistas, cascos urbanos antiguos, yacimientos, etc.) también limitados, estamos condenados a sufrir esa misma pérdida de rendimiento en la añadidura constante de infraestructuras. Cada ladrillo y cada metro de asfalto rinden menos que el anterior, ofrecen menos márgen de beneficio y así hasta llegar a la cima de la asíntota turística en la que estamos instalados. Si no sabemos parar, deberemos asumir las consecuencias posteriores.

sábado 4 de octubre de 2008

INDEM, Instituto Nacional de Desempleo

Comentaba el usuario Rafa en el hilo anterior, y sobre el mismo, el desconocimiento por parte de los usuarios (en su caso en particular la Administración) de lo que cuesta un peine energético, y atribuía a ello la dificultad de poner en práctica cualquier medida de reducción neta de consumo.

Eso es así, yo me quejé mil veces de lo mismo, pero también se deberá reconocer que a esa circunstancia, el desconocimiento, se añade la competitividad, por ejemplo en el caso de la historia relatada en el hilo anterior; incluso entre administraciones de diferentes municipios, por ejemplo, también se practica una suerte de competitividad, a ver quién lo tiene todo más mejor que el otro. De lo que sucede cuando se juntan desconocimiento y competividad, ya escribí alguna vez.

Y encima, otras veces se agrega la falta de ética, porque en algunos casos ni desconocimiento se puede alegar, tampoco necesidad alguna de competir. Tal es el caso siguiente, que también pertenece al pasado de mi azarosa vida laboral, y que —ya puestos— paso a contar.

Algunas veces trabajé temporalmente de administrativo en una oficina de empleo de INEM, Instituto Nacional de Empleo, atendiendo a los usuarios que tramitaban sus prestaciones. Los primeros contratos fueron a tiempo parcial, pero una vez me contrataron a jornada completa, por 37,5 horas a la semana, al igual que el resto de empleados. Resulta que suele ser optativo por parte de la dirección de cada oficina establecer unos horarios u otros según las necesidades del lugar, de manera que nos encontramos con administraciones que abren 6 horas al día pero además una tarde a la semana, otras que abren las 7,5 horas diarias seguidas, etc. En concreto ésta abría 5 horas diarias al público, y el resto se dejaba como horario de puertas cerradas, para trabajo administrativo exclusivamente. O no.

Un día, concretamente un lunes de las primeras semanas de contrato, al punto de terminar la jornada laboral y en un momento en que no estaba yo atendiendo a nadie, acercóseme el director de la oficina a mi mesa y díjome: «toma, éstas son las llaves de la oficina, y ahora te daré el código de la alarma de la entrada: esta semana abres y cierras tú». Me quedé un poquito extrañado, pues yo no era más que un contratado temporal —y administrativo, o auxiliar de, ya ni recuerdo—, así que me parecía un poco demasiada responsabilidad, tener las llaves de una oficina con decenas de miles de expedientes y contratos de personas y empresas diferentes, por lo que mostré mi extrañeza. Y me explicó el por qué, cómo funcionaba allí la cosa.

El horario de atención al público era de 8 a 14 horas (si no recuerdo mal ahora), así que en teoría quedaba 1,5 horas al día, en total 7,5 horas a la semana, para trabajo administrativo a puerta cerrada. Pero eso es muy aburrido, así que no las cumplen, se van a casa a las 14 horas… todos menos uno que se queda hasta cumplido el horario.

Y ya puesto, ¿para qué? Que se vayan todos, ¿no? —pensé—. Pues no, el tema es que podrían llamar, por ejemplo, de la central provincial, y verían que no hay ya nadie en la oficina, así que dejan a uno allí por si las moscas.

En un momento dado en que pude salir de mi asombro ante la explicación que me iba dando el director, le pregunté que si no creía sumamente arriesgado hacer algo así, ya que ¿qué ocurriría, por ejemplo, si al llamar preguntaban por mi jefe, que ya no estaba? Y me contestó, ojo al dato, que les dijera que él estaba en el baño, que les llamaría en unos minutos, y que le llamara luego a él a su casa para que él pudiera llamar desde allí haciendo el paripé; que me tocaba hacer eso esa semana.

Le dije que no veía bien nada de lo que me estaba diciendo, que me negaba a entrar en su jueguecito, más a quedarme las llaves y el código de la alarma y responsabilizarme de una oficina cuando no estaba contratado para eso, y que más todavía me negaba a mentir descaradamente, no sólo a las demás oficinas sino a todos los usuarios. Ese día se quedó él.

Al día siguiente, al llegar a la oficina, el director me llamó a su mesa. Me echó un sermón porque, según él, se habían quejado de que no quería yo entrar en el juego ¡los demás compañeros! Él me explicó: llevaban todos haciéndolo años, por turnos semanales.

Yo que —debo ser sincero— no me había fijado en que estaba echando las primeras semanas menos horas de las que me pagaban (qué fácil es no darse uno cuenta cuando le sobra, no así cuando le falta), me había dado cuenta el día antes, evidentemente, así que le dije al director que, no sólo no pensaba hacer turnos de escaqueo con ellos, sino que además pensaba quedarme todos los días a cumplir mis horas, acompañando al que se quedara de ellos, por lo menos y dado que no tendría nada con que trabajar si se iban todos, en aras de avergonzarles.

Así lo hice el resto del contrato. Por supuesto, nunca más me llamaron para trabajar allí, como era de esperar. Ea.

viernes 3 de octubre de 2008

No es sólo la bombilla, está ponerla

Publicado en Última Hora Menorca el 9-10-2008

Viviendo en Valencia, tuve cierto empleo. La empresa llevaba el mantenimiento de gasolineras del grupo Repsol. Yo estaba encargado, entre otras tareas, de mantenimientos eléctricos. Mi material de trabajo para ello eran unos cuantos tipos de bombillas y todo lo necesario para instalarlas.

Si a uno le dijeran «chaval, ahora instalarás bombillas, ve a por lo que necesites», uno iría a por una caja de herramientas con algunos alicates, destornilladores y cosas así, a por unos cables para hacer algún empalme y a por, evidentemente, una escalera para subir a cambiarlas. Pero en este caso la cosa se complicaba bastante. No, bastante no, mucho. Demasiado. Vergonzosamente demasiado.

Véase. Lo habitual es que, si por ejemplo el personal de la gasolinera se queda sin la luz que alimenta su cuarto de baño, porque la bombilla se ha fundido, no la cambian, llaman a los servicios técnicos. Se comprende que se les requiera si, cambiando la bombilla, la luz siguiera sin funcionar; pero no, llaman para cambiar la bombilla, así son los contratos de mantenimiento, lo incluyen todo, de manera que ¿para qué cambiar uno mismo la bombilla?

La cosa no sería tan grave si el técnico fuera un electricista de los alrededores de la gasolinera, pero no es el caso. Donde trabajaba yo, teníamos la base junto a la capital de Valencia y los trabajadores abarcábamos desde el Norte de la provincia de Castellón, hasta el Sur de la de Murcia, un área con puntos distantes entre sí medio millar de kilómetros, con gasolineras a reparar a 300 km del almacén de bombillas. Ya pueden irse haciendo a la idea.

Aun peor. Para ir a cambiar una sola bombilla no era suficiente una furgoneta pequeñita porque algunas lámparas llevan barras fluorescentes muy largas, de manera que hace falta una furgoneta grande, de las más grandes. ¿Habrían podido diseñar la cosa con dos fluorescentes más pequeños en lugar de uno grande? Si, pero ¿a quién le importa todo esto?

Pero una furgoneta grande no resulta suficiente: se necesitan dos furgonetas para cambiar una bombilla. ¿A que nunca han visto una marquesina de una gasolinera —el techado de la zona de repostaje— con unas escaleras por las que subirse a ella? No, no hay escaleras, ni escalerillas, ni manera de subir a cambiar la bombilla, dada la altura de varios metros, más que con un camión pluma, de esos que tienen una cestita con un brazo articulado para subirse los operarios a zonas altas. Porque ni con una escalera de mano apoyándola al edificio, ya que las lámparas que hay bajo el techado, no tienen trampilla por la parte superior, probablemente era muy caro abrir una trampilla en la hojalata del techo, mejor enviar a cambiar la bombilla a unos operarios, desde cientos de kilómetros, con dos furgonetas.

El caso que colmó el vaso fue una reparación concreta. En la marquesina de la gasolinera en cuestión, sita a 150 kilómetros de la base —y véase que no estoy citando un caso de los más alejados—, a la que acudimos específicamente para resolver su avería dado que se estaba pasando el plazo máximo de días que por contrato se puede tardar, uno de los cuatro enormes Repsoles se había apagado y no daba señales de vida. Al acudir y subir con la cesta, resultó ser que estaba fundido uno de la media docena de neones que componían la letra r. Dada la curvatura específica de ese neón, no teníamos el recambio (nunca se tiene al momento un neón con una cierta curvatura), así que dejamos conectados todos los demás neones de esa letra y de las demás y el Repsol seguía viéndose, con la parte superior de la r un poquito más tenue de lo normal, pero perfectamente visible. Y volvimos a la base. 150 kilómetros de ida y otros tantos de vuelta, dos furgonetas, en total 600 kilómetros de furgón gastón.

Al cabo de unos días recibimos en la central el recambio del neón, curvado convenientemente para conformar el pedacito de r. Partimos las dos furgonetas dispuestas a reparar el asunto definitivamente, pero al llegar allí llovía y soplaba demasiado viento como para subir la cesta hasta allí arriba. Al rato de esperar y ver que aquello no tenía pinta de revertirse, partimos de vuelta. 600 kilómetros más.

Volvimos un tercer día y ya sí instalamos el recambio. Otros 600 kilómetros.

En total 1.800 kilómetros con furgonetas que gastan 10 litros a los 100 km, o sea casi 200 litros de combustible… para cambiar una bombilla. Luego practicaremos todos un poco de onanismo mental con lo mucho que ahorramos con las nuevas y fantásticas bombillas de bajo consumo, o con el hecho de que los casi 2.000 kms los hemos hecho con una furgoneta te-de-i-common-rail con Zinitione y nos quedaremos tan Sancho Panza.

Tras eso dimití de mi empleo, y aduje lo aquí descrito al renunciar. Creo que ni siquiera me creyeron. Ea.

jueves 2 de octubre de 2008

Las inyecciones de capital

«No parece sino que se han querido reducir estos reynos a una república de hombres encantados que vivan fuera del orden natural (...) Y el no aver tomado suelo procede de que la riqueza ha andado y anda en el ayre, en papeles y contractos, censos y letras de cambio, en la moneda, en la plata y en el oro, y no en bienes que fructifican y atraen a si como más dignos a las riquezas de afuera, sustentando las de adentro (...) Y el no haber dinero, oro ni plata en (...) es por averlo, y el no ser rica es por serlo»

Antonio Ruiz de Elvira en elmundo.es, citando a Martín González de Cellorigo, arbitrista de principios del siglo XVII que proponía que la inflación galopante de la época era causada por las masivas inyecciones de dinero que suponía la plata traída de América, cuyos montantes no se correspondieron nunca con la creación pareja de bienes.

miércoles 1 de octubre de 2008

Charla en Alicante

El próximo 23 de octubre de 2008, a las 20.15 horas, Fernando Ballenilla ofrecerá una charla en Alicante, en la sala Miguel Hernandez de la Sede Ciudad de Alicante de la Universidad de Alicante, sita en la calle Ramón y Cajal, nº4.

Fernando Ballenilla es Dr. en Didáctica de las Ciencias y profesor de la Universidad de Alicante y socio fundador de AEREN (Asociación para el Estudio de los Recursos Energéticos), que mantiene el sitio web crisisenergetica.org y que es la sección española de ASPO (Association for the Study of Peak Oil and Gas) y organizadora de la VII Conferencia Internacional de ASPO 2008 en Barcelona.

La entrada es libre hasta completar el aforo de la sala.

"Desde el 2005 no se supera el techo de producción petrolífera mundial (unos 74,5 millones de barriles por día), lo que ha provocado un aumento espectacular del precio del petróleo y de los productos que requieren energía, es decir TODOS, lo que está poniendo contra las cuerdas al actual sistema económico.

Para muchos estudiosos esto es así porque nos encontramos en el Pico de Hubbert, es decir, en el techo de producción, momento a partir del cual, ésta sólo puede disminuir paulatinamente.

Si tenemos en cuenta que el incremento de la población mundial ha ido pareja al incremento del consumo de petróleo, y que uno de los sectores más dependientes de éste es la producción agrícola, el cénit del petróleo supone un reto de proporciones mayúsculas para nuestra actual civilización."

Visto en Rojo y Negro.