Ayer, 24 de junio, di una charla en los locales de la
Associació de Veïns de Favara, una asociación de barrio de Valencia, la ciudad donde vivo.
Coincidía con el día internacional contra el electromagnetismo. Bueno, contra los efectos perjudiciales del mismo, porque a mí me han aplicado magnetoterapia para, supuestamente, curarme una lesión en un brazo (aunque aún tengo que encontrar alguna explicación convincente que aclare en qué incide a nivel biológico tal tratamiento). Y es que en los locales de la asociación también trabaja la asociación
Subestació de Patraix, que lucha a favor del traslado de la subestación eléctrica del barrio a algún área alejada de viviendas, cosa que será harto difícil pues no hay un círculo de 1 km despoblado (se aconseja 500 m alrededor de la subestación en voltajes como el de este caso) en kilómetros y kilómetros a la redonda. No he preguntado si han caído en la cuestión, pero entre los panfletos de la organización no he visto nada que apuntara al asunto. Ya conocía, de terceros, la asociación y sus inquietudes, pero recuerdo haber oído siempre sobre el traslado de esa subestación, no sobre el desmantelamiento de las redes eléctricas de alta tensión de alcance nacional, lo cual no deja de sorprenderme.
En cualquier caso he preparado un pase de diapositivas al hilo del título,
Petróleo, electricidad y otros cuentos, y allí que me he presentado.
Dada la diversidad del público asistente, he tratado de no dar ni un solo dato y de no mostrar gráficas ni mapas, sólo imágenes, y la verdad, ha resultado lo mismo: quien lo capta, lo capta, y quien no, ármate de paciencia. Pero ojo al dato: los que ganan la partida por goleada son ¡las abuelas! Dices que esto no es crisis, que esto son vacas gordas, muy gordas, y asienten rotundamente con una sonrisa pícara; cuentas que antes la gente se hacía la casa con la piedra que cavaban del suelo y que a veces tardaban semanas, sino días, porque eran ayudados por amigos y porque las casas se parecían más a un iglú de piedra que a un piso moderno, y asienten rotundamente con una sonrisa pícara; recuerdas que lo del coche de agua es el chiste más recurrente de la historia de la tele y asienten rotundamente con una sonrisa pícara; dices que las empresas no son tontas, que si hacen tal o cual cosa es porque no hay más donde rascar, y asienten rotundamente con una sonrisa pícara; avisas de que si nos tiramos mutuamente de los pelos ahora con vacas gordas, cuando venga la crisis la tendencia irá a mucho peor, y asienten rotundamente con una sonrisa pícara. Vamos, son una delicia.
Luego, paradojas de la vida, tengo que batallar cada vez con ¡los ecologistas! Y en este caso hasta con uno de la vieja guardia del ¡PCE! Es curioso, porque uno trata de ver las cosas desde la óptica de la ecología y propone que aquí habrá que repartir (comunismo le llamaron en otros tiempos); y luego tiene que entablar discusiones, sin sentido diría yo, con rojos y verdes.
Manifestaron ellos, algunos de los que atendieron a la charla, varias posturas:
1. «No se puede ir por ahí diciendo que no hay solución»
Y me pregunto siempre llegado este caso:
a) ¿Solución para continuar creciendo como hasta ahora? ¿Eso propone un ecologista? Que se lo revise quien eso proponga.
b) ¿El que ve un problema y se atreve a enunciarlo está obligado a hallar la solución? Absurdo, que se lo revise también.
c) ¿Y si no hubiera solución de continuidad del sistema crecentista? ¿No cabría reunirse y hablar, precisamente en busca de intentar hallar la salida más honrosa posible?
d) Y aunque tenga yo una solución que haya salido de mi cabeza (que será que no, pero pongamos) ¿Me toca a mí solito proponer soluciones? ¿Dictar? No, por favor, no: dictados los mínimos. Decidamos todos juntos, esto no me afecta a mí, nos afecta a todos. Pero antes de juntarnos todos a buscar la solución más honrosa, digo yo que habrá que ir y contarles el problema. Digo yo, vamos. Si no, poco debate habrá…
De todas maneras, les comprendo. Como me comentaba un amiguete de la CGT tras la charla, esto rompe el esquema de la táctica del ecologismo de las décadas anteriores: se puede vivir igual, decían, o incluso mejor, con menos. Ya sé que era un mensaje positivista con la intención de que la gente atendiera y no saliera corriendo asustada antes de pensárselo siquiera y que ése es un objetivo loable, pero no funcionó en 30 años ¿Quizás sea hora de no acudir a tácticas de marketing y contar las cosas en plan sencillo y claro? Quizás sí, rectificar es de sabios.
2. «El gobierno gana más con petróleo más caro, que bajen los impuestos».
Hay que ver que el gobierno ingresa más IVA de cualquier cosa cuando sube el precio. De manera que el gobierno está interesado en que suba todo, para poder ingresar más. Pero también hay que ver que si todo sube de precio, hay inflación, y eso no le interesa a un gobierno. Por si fuera poco, una cosa es que suban los cardos y otra el petróleo: el gobierno no gasta mucho en cardos, pero la construcción y el mantenimiento de toda infraestructura civil consume mucho petróleo, así como todos los servicios que da el Estado, de manera que el gobierno no está muy interesado, por esa parte, en que el petróleo suba. Y por último, la gente pierde poder adquisitivo, que a su vez merma la recaudación estatal. Vamos, la ruina. ¿Qué político crecentista dictaría algo así? ¡Ah, que Zapatero es decrecionista de tapadillo! Mmmm, espere que me lo piense un rato…
Por otro lado, el gobierno no puede bajar los impuestos. Simple y llanamente no puede. Véase que el IVA no puede reducirlo drásticamente o eliminarlo (son directivas europeas, no dependen de gobiernos nacionales), tiene que seguir siendo un 16%; y el impuesto sobre hidrocarburos es un impuesto fijo, o sea, no viene ganando el Estado más sobre ellos cuando sube el precio por litro, sino al revés, pierde por lo comentado en el párrafo anterior. De ahí que pedirle al gobierno que rebaje el precio del petróleo es como pedirle peras al olmo.
3. «En Francia está al 15% y aquí al 16%»
Los precios del gasóleo y la gasolina pueden subir un 1% en un día. ¿Qué rebajamos pues al día siguiente, otra vez con idéntico problema al anterior a la rebaja? Luego se quejan de que los demás no aportan soluciones. Qué simpáticos.
4. «La OPEP dicta los precios»
Tanto daría, porque a uno le interesa el hecho de que haya o no petróleo suficiente para que haya una cierta estabilidad social, no que esté a tantos o cuantos euros, dólares o yenes, que fluctúan entre sí más que las olas en plena mar de fondo. Pero ni eso hace la OPEP. Lo hizo mientras pudo. Y a quien le guste vivir en la cima de la civilización tecnológica debería agradecerlo: los precios inestables habrían desalentado enormemente a la industria energética de las últimas décadas y hoy hablaríamos de estos temas en términos muy diferentes.
Y además, si la industria petrolera necesita estabilizar los precios a 200 dólares para mantener un flujo de petróleo creciente y sin fallo como hasta ahora, ¿es cuestión de llevarles la contraria? Gran dilema es éste, pero una respuesta afirmativa parece ser la peor de todas.
En fin, se hace más fácil hablar de este tema ahora, respecto a hace un par de años, con las huelgas por los precios del gasóleo, con los alimentos subiendo, con barcas incendiadas en el puerto de Valencia tras haber sido robado su combustible, con inmigrantes que nos meten goles mientras cantamos por creer que el gol lo hemos hecho nosotros… Y sobre todo con las abuelas.
A la charla asistieron algunos profesores de instituto que me preguntaron por la posibilidad de explicarlo en sus colegios y que preguntaban, pobres ilusos, por los locales en Valencia de la asociación en la que trabajo. Buena cosa, gente así se necesita para formar ese grupo que precisamente buscan y que yo, hasta ahora, no supe montar.